Sugerida por: Alberto Q.
Sugerida por: Alberto Q.
En un año plagado de nominadas “de peso”, 4 meses, 3 semanas y 2 días supuso la gran sorpresa del Festival de Cannes, alzándose con la Palma de Oro. Sin haber visto las suficientes películas para juzgar, podría decir, de todos modos, que el premio es, sin duda, merecido, pues se trata, sin duda, de un magnífico film con el que su país de origen, Rumanía, da todo un golpe de autoridad entre el cine internacional. No olvidemos que, recientemente, tambiñen pudimos ver aquí, en medio de un gran éxito crítico, 12:08 Al este de Bucarest. Dirigida con gran pulso y espléndida planificación, 4 meses, 3 semanas y 2 días pone patas arriba el tema de los abortos (como probablemente lo hará Juno en cuestión de días) de una manera crudísima, coronando antes de tiempo a un director, Cristian Mungiu, al que pocos que hayan degustado este trabajo considerarían inexperto pese a su corta filmografía.
Por otro lado, la narración es intensísima, por lo que, a pesar de su consabida lentitud (¿esperaban un ‘blockbuster’?), el espectador mantiene siempre el interés por lo contado, a pesar de que, a veces, parezca que se nos den datos innecesarios para la historia. El guión, sabiamente matizado, conjuga bien el dramatismo con la dureza que lleva desde el primer momento encima. Además, resulta fascinante el modo que se tiene de hilvanar las ideas principales del film a través de secuencias casi complementarias que enriquecen el conjunto de modo que incluso se degusta mejor.
Aunque en su día no contase con un éxito precisamente abultado y la crítica la acogiese con frialdad, Ned Kelly se presenta como un digno western, sin demasiados alicientes pero, pese a todo, bastante entretenido. En él, se cuentan sin excesivo brío las andanzas del bandido que da título al fin, quien busca justicia después de que unos guardias encarcelen a su madre a raíz de un crimen que él jamás cometió. Por lo general, la película sigue siempre una misma línea argumental, por lo que no se detiene demasiado en detalles ajenos a la historia pero tampoco trata de ahondar, ni siquiera de un modo superficial, en el carácter psicológico de los protagonistas. Es ahí donde reside uno de sus principales problemas: los personajes, de ese modo, actúan cuan marionetas a merced de un guión no lo suficientemente definido y carente de toda pasión.
De todos modos, en su desenlace gana una importante aunque obvia intensidad. El montaje del tiroteo final, así como el que acontece en el bosque en la primera mitad de la película, es fantástico, apoyado especialmente en una excelente fotografía, anclada siempre en unas tonalidades oscuras que ambientan y complementan a la perfección la historia.
Menos mal que la mayoría de sus actores son de primera fila y consiguen dotar a sus personajes de un carácter dramático que el guión no llega a ofrecer. Heath Ledger (que ya había trabajado con Jordan en Two Hands), por aquel entonces no muy reconocido, borda su papel a base de sobriedad y contención, aprovechando notablemente su primer papel relativamente de peso, tras haber protagonizado alguna que otra tontería sin demasiada relevancia. Orlando Bloom vuelve a convertirse en uno de los pocos actores capaces aún de romper con los esquemas del respetable brindado una actuación peor incluso de lo que cabría esperarse. El que esto escribe siempre ha pensado que su interpretación en Troya, de Petersen, era lo mínimo a lo que un actor podía llegar. Viendo Ned Kelly, descubro que estaba equivocado. ¡Y eso que soy de los que consideran que su intervención en Piratas del Caribe es muy discreta simplemente porque su personaje no da para mucho más! El resto de secundarios se defiende bastante bien, destacando especialmente un buen Joel Edgerton. Por cierto, muy desaprovechados Naomi Watts y Geoffrey Rush. Dos intérpretes espléndidos que, aquí, por desgracia, ejercen de mera comparsa, sin poder aportar gran cosa a la película.

De la Iglesia ha crecido con este trabajo, dirigiendo una película mucho más madura con la que, probablemente, sí logre un éxito superior a nivel internacional. Aunque no es el realizador al que estamos acostumbrados ver, el responsable de títulos tan ensalzables como 800 balas lleva a cabo el trabajo con todo el buen oficio del mundo, impregnando de talento buena parte de las escenas del mismo, especialmente todo el plano-secuencia que sigue a los principales personajes entrelazando lo que estaban acometiendo justo cuando se descubre el primer cadáver, prácticamente como si se tratase del enunciado de un complicado problema más dependiente de la lógica que de cualquier fórmula matemática.
Resulta irónico en ciertas ocasiones ver como cientos de miles de espectadores inconformistas tratan de investigar el significado del cubo de Natali y las muchas y confusas metáforas que nuestro amigo canadiense ha montado en Cube, cuando probablemente una de las propiedades más destacables -y destacadas- de la misma sea la sencillez con la que el director de Cypher confecciona una historia cuyo mayor atractivo es el hecho de no significar nada. ¿Qué es el cubo? La teoría más expandida por la red es que se trata, simple y llanamente, de un experimento gubernamental que utiliza a ciudadanos medios con vidas alejadas de toda estridencia como conejillos de indias entre los cuales la cooperación, más allá de una bota o unas gafas, es su principal arma de resistencia y supervivencia. Sin embargo, yo creo que el experimento en cuestión, más que gubernamental, es tan cinematográfico como lo puede ser cualquier otra película de similares características. Igual todo lo del cubo, a juzgar por su final, no es más que un purgatorio de tránsito indefinido, pero como aquí el autor no está en condiciones de analizar nada enjundioso, trataré de centrarme, más que en el porqué del cubo, en el proqué de lo portentoso de Cube. Y es que, aunque el argumento se centra en la aparición de seis desconocidos sin relación aparente entre ellos dentro de una sala cúbica rodeada de más salas cúbicas que conforman, obviamente, un monumental cubo, vista ahora uno se da cuenta de que la película de Natali es, probablemente, una de las más importantes y originales que fueron llevadas a cabo en la época de los noventa. Ni el Saw de James Wan, claro deudor de Cube, supone una mínima parte de la sombra del inmenso y complicado embrollo que plantea el canadiense. Tratar de saber lo que simboliza cada tonalidad de las imperantes en las salas del claustrofóbico y cúbico laberinto es, a estas alturas, una tarea ardua e inútil, pues, aun a riesgo de equivocarme, tengo la certeza de que el realizador no tenía mayor intención que la de realzar la atmósfera de tensión, de pánico, que se apodera en momentos determinadísimos de la carga dramática del film.
Una carga dramática que se acentúa con el paso de los minutos, partiendo del desconcierto inicial hasta la desesperación y las ansias por escapar de una cárcel desconocida y salvaje que encierra miles de trampas y misterios que, probablemente, no vivan para conocer. Afortunadamente, Cube cuenta con la sólida base de un guión brillantemente escrito por tres cabezas (entre ellas la del director) con la suficiente imaginación como para divertir al espectador durante una hora y media ambientada únicamente en cuatro paredes que dan paso a otras cuatro paredes, con la esperanza de alcanzar una salida. Es por ello que, de entre las decenas de películas ambientadas en lugares claustrofóbicos y sin salida, Cube es la película de referencia.
Una maravilla por la que el espectador no pierde el interés en ningún momento, que impacta cuando debe hacerlo y no abusa de efectismos baratos. Con unos personajes variopintos y muy bien retratados, definidos siempre a través de unos muy inteligentes y esquemáticos diálogos, la película de Natali supone un capítulo importante dentro de la cada vez más reconocida ciencia-ficción con aires independientes, casi siempre destinada, como es el caso, a convertirse en un trabajo de culto, que obtuvo gran reconocimiento el año en que fue presentada en el Festival de Sitges, consiguiendo los galardones principales, entre ellos el de Mejor Película. Sólo una pega: uno sabe casi al dedillo quién va a palmar y quién va a salvarse, por lo que no hay mucha sorpresa en su desenlace. Aun así, éste, que sigue sin dar detalle alguno sobre el significado del cubo, está rodado extraordinariamente, con una sabia conjugación de la iluminación y la fotografía, que brilla con luz propia en todo momento.
Película imprescindible y apasionante, a pesar de los líos matemáticos de su tramo final con todo lo del puente, los movimientos del cubo y los factores astronómicos, que cualquier aficionado al género no debe dejar de ver.Calificación
8/10