Tras una devastadora campaña publicitaria organizada por uno de los magos actuales de la ficción a nivel mundial, J.J. Abrams, se estrena al fin una de las películas más esperadas y deseadas del presente año, inquietud motivada principalmente por el aspecto del monstruo encargado, por enésima vez, de asolar la ciudad de Nueva York. No han sido pocas las apuestas y especulaciones que han girado en torno a la criatura. Amparados en unos brevísimos fotogramas en los cuales hace acto de presencia, se le ha llegado a considerar desde un sucedáneo de Godzilla hasta uno de los protagonistas del Parque Jurásico de Spielberg. Una vez visto en pantalla grande, desde luego puedo asegurar que la bestia se parece, en comparación con las otras dos señaladas, lo que un huevo a una castaña, para entendernos.
¿Cómo es? No creo conveniente explicarlo, pero desde luego no decepciona, sino todo lo contrario. Además, dicho monstruo posee una cualidad que, supuestamente, debía de ser una sorpresa, pero ha sido ya desvelada en alguna reseña de la crítica especializada. En cualquier caso, esquivaré dicho punto para salvar un poco la idea de secretismo montada por Abrams.
Aunque más de uno se sentirá estafado ante el descubrimiento de que, en efecto, no hay demasiado espectáculo y de que realmente se trata de una película de personajes y no de seres de otros mundos, el planteamiento y, hasta cierto punto, ejecución de la idea es prodigioso. En realidad, la cinta grabada es la fiesta de despedida de Rob, que ha sido nombrado vicepresidente de una empresa en Japón y marchará a dicho país al cabo de unas horas. Sin embargo, la celebración se va al garete cuando, para sorpresa de todos, hay un apagón parcial y, en el corazón de la gran manzana, tiene lugar una enorme explosión que nadie consigue explicar.
Lo demás es, prácticamente, la inevitable consecución del problema: las personas, ante lo desconocido, reaccionan de modos variopintos y siempre atemorizados. El pillaje inunda las calles de la ciudad, a la par que muchos de los ciudadanos neoyorkinos se refugian en las tiendas y pequeños comercios escapando no sólo del monstruo, del que aún no hemos visto un ápice, sino de la terrible humareda que cosecha a su paso (y, aunque hubiera tenido su gracia, definitivamente la criatura que destroza media ciudad NO es el humo negro de Lost)... y de lo que se esconde en ella, ni más ni menos que la “sorpresita” de la que les hablaba.
Desde el preciso instante en que la gente se percata del peligro que corren ante esa amenaza desconocida, la cámara (obviamente, un amigo de Rob) sigue la incansable búsqueda del protagonista a la mujer que realmente ama, y con la que, precisamente, acaba de discutir esa misma noche. Repetición, pues, de la premisa que inundó la segunda temporada de la serie más popular del productor ejecutivo de Monstruoso: “Vivir juntos, o morir solos”. Es a partir de aquí cuando el director, Matt Reeves, incrementa notablemente la angustia de los protagonistas, con peligro en los lugares más insospechados, algo que acecha en la oscuridad, y, sobre todo, el miedo a lo desconocido.
Alguno dirá que [·REC], la fenomenal película de terror de Jaume Balagueró y Paco Plaza, consiguió con muchísimos menos elementos atemorizar al espectador y hacerle sufrir hasta el punto de que este desease, como nada en el mundo, que la película llegase a su fin. ¿Tiene para el género de terror mayores aptitudes [·REC] que Cloverfield? Probablemente, pero quien imagine el último ingenio de Abrams como una película con la que pasar miedo, está muy equivocado. El guionista se ha centrado muchísimo más en las motivaciones principales de sus personajes que en la criatura, de ahí que, principalmente, Monstruoso tenga más de historia de amor que de terror.
Igual que Edgar Wright mostraba en su genial Shaun of the Dead una epidemia de zombies como otro obstáculo más en la complicada vida social de su protagonista, quien, a su vez, debía reconciliarse con su novia, enmendar las relaciones con su madre y enfrentarse a las responsabilidades que le asaltarán y, de hecho, le asaltan en su nueva vida, el monstruo de marras no representa más que un escollo en los accidentados amoríos entre Rob y su doncella en apuros, Beth.

Otro de los puntos a destacar de la película son los pequeños injertos de otra grabación realizada previamente a la de esa noche. En los momentos en que el cámara pulsa el botón de “Stop”, la cinta anterior es la que vemos en pantalla. De hecho, la película se cierra con el final de dicha grabación. Este desenlace decepcionará a muchos, pues no se revela nada importante del monstruo. En los diez minutos anteriores, el espectador ha tenido ocasión de verle de todas las maneras: alejado, cercano, de perfil, ¡incluso por dentro! Sin embargo, no llegamos a conocer su origen. Se dice ahora que este sí se puede averiguar, por ejemplo, en planos aparentemente irrelevantes donde no se ve nada que conste de verdadero interés, o incluso durante los títulos de crédito, en los mensajes cifrados que aparecen en la parte inferior de la pantalla. Habrá que buscar por Internet...
Por lo demás, no se trata de una película del todo redonda, ni siquiera en la consecución de sus planteamientos, que son del todo brillantes, pero que, al menos, sí que aporta mucho al género introduciendo algo que, por el momento, no habíamos visto, o al menos no de esta forma. Entretenida.
Calificación
7,25/10




